En cuanto llegamos al antiguo peaje, notamos la presencia de un grupo armado desplegado por los costados de la carretera -¡A la suerte de Dios! – Pensé- mientras mi pulgar derecho me acariciaba la frente con una improvisada cruz y terminaba en el pecho con tres golpes y un beso en el costado posterior de mi dedo pulgar. Y desconociendo la procedencia, intenciones e identidad de los uniformados, nos atrevimos a continuar.
Vivir ignorado, desapercibido e invisible, era el principal atributo del Cóndor y en este caso resultó provechoso porque continúe caminando y nadie me miró,ni siquiera para humillarme o gritarme, o para divertirse unos segundos patrocinados por la cruel insensibilidad ante el dolor humano.
Un sacerdote que iba hacia Pamplona en un Nissan rojo, se detuvo al verme y preguntó por mi destino. luego de escucharme nos ofreció el aventón. - ¿cómo negarme a tal dulce ofrecimiento? ¿Cómo negarme?
Durante el viaje nos habló de sus actividades rutinarias y de una casa de la misericordia –jajaja - Conversación inútil ante mi involuntaria indiferencia. Mis pensamientos abrazaban un colorido ramillete de nervios, y el furor de la adrenalina me erizaba el cuerpo a cada metro en el que me sentía más cerca de mi tierra y CÓNDOR miraba con ensueño por la ventana el desolado paisaje.
Al llegar a Pamplona, el padre Hector nos invitó a desayunar – mi hermana vive subiendo a 7 cuadras del parque -dijo- en una casona blanca, allí te puedes bañar antes de continuar el camino - Por supuesto que me le negué. - ¡No padre! ¡Usted no está ni tibio! El agua es muy fría, eso no sería un baño sino una tortura, que pena pero NO, ¡no gracias! Prefiero vivir… Mejor, me baño cuando llegue a Cúcuta – repliqué - El cura Héctor sonrió.
Llegamos a un huerto hermoso donde pudimos libremente recoger fresas, muchas y deliciosas fresas. “que belleza” estaba convencido que las mismas aún no se conseguían; es más, difícilmente podría encontrar un huerto natural y real… pero este sí era un milagro ante mis ojos.
Luego bajamos hasta la Calle Real. “las pocas veces que vine a esta ciudad” en mi niñez, no era una ciudad, era un pueblo cargado de mucha tradición religiosa. Una vez crecí y podía viajar sólo, venía a ferias con los amigos estudiantes de la Universidad de Pamplona a hacer amigas -jaja- especialmente costeñas. Con pocos pesos, la pasábamos super bien y el parque nos acogía en su prado. Bonito, sí… Muy bonito; pero se acabaron las fiestas y la recocha en el prado, no más camping. la gran obra civil de la época, no fue de mi agrado; pues en esa losa, no se podía sentar nadie sin que se le durmiera el culo.
El padre nos regaló más víveres para comer por el camino, Y me embarcó en otra camioneta de color negro la cual pertenecía a otro amigo suyo. Este se dirigía al “Diamante”, “Un señorial y mágico caserío a la mitad del camino” – No recuerdo ¿En qué momento la carretera a Cúcuta había sido iluminada y ampliada? No recuerdo, ¿cuándo se reforzaron los cerros y los bordes se hicieron más seguros?. Daba miedo pensar en viajar por esas curvas… pero, este viaje se hizo rápido y más corto.
En 1998 hicimos un paseo con amigos de teatro del colegio, acampamos en un club llamado cordillera country club. La primera noche de ese campamento nos percatamos que no habíamos traído víveres para cenar y debimos caminar desde el club hasta el Diamante.
Un señor quien se presentó como Peter, humildemente se ofreció acompañarnos y guiarnos; pues éramos adolescentes y no conocíamos la ruta. La luna llena iluminó el sendero.
Don Peter nos contaba historias e iba adelante, yo iba de último atento a que no se quedara ningún compañero rezagado. Compramos en el diamante lo que necesitábamos y regresamos al country sin la compañía de este señor. Al otro día, el capataz del club y los empleados negaron que alguien entre ellos, se llamara así y tampoco algún vecino. ¡Nadie! ¿Brutos? ¿Inocentes? Éramos chicos. Y aún hoy no sé que concluir con ese extraño suceso, mamá dijo que era un ángel cuidándonos.
Al bajarnos de la camioneta en el ahora desolado Diamante, tomé la bolsa con los pastelitos de arequipe y refrescos, al mismo tiempo que CÓNDOR tomaba una varita para golpear con ella cuanto mugre hallara en la carretera… Y a partir de ese momento –nuevamente hubo sólo silencio- y golpe de varita arrastrada – mis oídos reprodujeron un zumbido único que se gana al cambiar de presión.
Previo a la trajedia, la carretera era acariciada por los pies de familias completas, venezolanos emigrantes, profesionales, intelectuales, trabajadores, vagos, bandidos, adolescentes con sueños. esposas con niños en brazos. sus destinos eran inciertos, Perú, Ecuador, Panamá. Varios se quedaban en el camino, en la cidad que mas se ajustara a su comodidad. Huían de la pobreza en busca de un mejor futuro.
Caminamos hasta sentir el aliento efervescente exhalado con la ardiente sonrisa de la señorial Garita; Ella, desde sus lustros cual princesa, coquetea lujuriosa con su venia y pícara mirada a los transeúntes, quienes le contemplan perplejos al entrar al municipio de los Patios. Fiel hija de mi tierra “tan grande y sublime” – cierra la boca CÓNDOR, esto no es mas que un aperitivo”- le dije – justo en ese momento, mi corazón rebosaba en ansiedad.
¡Que bonita quedó la entrada! ¡ala, mire! ¡Ampliaron la carretera! ahora sí aparecemos en el mapa – y continuaba pensando a la medida que avanzábamos -¿Y el peaje?¡caramba! No recuerdo a qué hora pasamos por el peaje; ¡ah sí! Estaba quemado y en ruinas.
¿A qué hora llegamos hasta acá? Y la cinta empezó a rebobinar. Recuerdo: – yo caminando con sed, calor, desolación y cóndor atrás contemplando el horizonte. Yo sentado en una piedra, yo mirando lo que alguna vez fue el río pamplonita. cóndor a lo lejos adelante de mí, parado en la curva. Yo sudando, calor – calor – calor, extenuados, ¿A qué hora llegaremos? Yo caminando y caminando... Y cóndor parado al otro extremo de la carretera, ni un carro, ni un aventón. Yo orinando, yo acurrucado en los matorrales escondido haciendo mis necesidades – Quítese de ahí marica- le grité al payaso del cóndor quien me miraba al otro extremo; y me escondía, como si algún extraño me fuese a descubrir en mi instinto natural, pero en el camino ni siquiera habían lagartijas y reí, -jajaja – Me cagué de la risa… metafóricamente ¿literal?, ¡bah! Reí feliz a la entrada de los patios.
Descansamos media hora sentados frente al primer puente peatonal y le presenté algunos lugares que alcanzaba a recordar -esto se creció rápido mi chino, la carretera la ampliaron y urbanizaron con casas muy bonitas. esa redoma es uno de los retornos del anillo vial, vea hacia la derecha comunica a Villa del Rosario y por la izquierda te vas a atalaya, o hacia el batallón, Esto es lo más antiguo de los patios, creo y según recuerdo... un municipio partido en 2 por doble vía...a la izquierda del camino – Proclamé cual elocuente historiador - está la entrada de la que alguna vez fue conocida como la famosa correccional de menores, ¡El Rudesindo Soto! – Sonreí una vez más, pero dentro de mí; pues comprendí su reacción.
Su mirada y su silencio preguntaban… y yo sin dudar respondí - ¡No CÓNDOR! ¡Gracias a Dios, no! Yo no, y tampoco ninguno de los miembros de mi familia -Susurré - lamentablemente quienes hicieron parte de nuestra historia, y quizá los más cercanos a nosotros sí, ¡Ellos sí! Me temo que este lugar, “la cárcel para menores” jugó un papel importante en nuestra tragedia.
Los patios gritaba libertad y crecía presurosa, recuerdo cuando la época de la migración venezolana, se levantaban nuevos parques, la sábana se fortaleció comercialmente, se edificaron los terrenos, recuerdo que los patios creció, recordaba los primeros centros comerciales por la zona del anillo vial. El 11 de noviembre "el colegio" cuando los visitábamos con los grupos de teatro en la izadas de bandera, allí iban niñas muy lindas y las patienses fieles hijas motilonas solían ser musas coloreadas por artistas celestiales.
hubo una época en la que aprobaron una absurda ley de fotomultas y los contratistas contrataban peones que se escondían para tomar fotos y multar a los desprevenidos en moto... ¡desgraciados! con una foto le robaban descaradamente el producido de un mes a cualquiera; a mí me descuadraron toda una quincena... ¡y me tocó pagar! Y eso que yo parecía una abuelita manejando moto.
Guardamos silencio por unos cuantos minutos, y yo comía apresuradamente del paquete que me había entregado el cura. Al terminar continuamos nuestra marcha; sin embargo, algo no estaba bien. El municipio que yo conocí se hacía más vivo y fiestero con la visita de la noche… pero… - Mis ojos no vieron una sola alma pasearse - ¡Nadie! ¡Nada!, sólo la fuerte e inconfundible brisa lo hacía con libertad, y tampoco era la misma. El sonido que producía el viento al colarse entre las redes eléctricas, me recordaba los días festivos en los que la ciudad callaba y la melodía a espanto gobernaba.
“Ahora sí me besaba el temor", estaba frente a la entrada de mi tierra… Tieso… El pánico me impedía avanzar. No sé si la inmovilidad fue producto de la emoción o el reflejo del temor que sentía al confirmar las historias que me habían contado en mi ausencia; razones que me impulsaron a refugiarme en algún lugar seguro. Y nada más seguro para los vivos que dormir entre los muertos.
A la derecha, se encontraban gozando aún de un mágico colorido y ajenos a la realidad, los brillantes jardines de San José, Aunque después lo llamaron los olivos, y mas allá el parque cementerio la Esperanza, (Dos cementerios populares en Cúcuta).
Mi impulso natural, me condujo al centro del jardín de cruces y epitafios “San José”. Justo a dos metros frente al monumento aún blanco e intacto de las manos abiertas. Allí me senté y el frío del lugar ahogaba mi garganta.
-A eso de las nueve, los muertos toman vida en los cementerios de Cúcuta- me había contado Jhonny, “Un desaparecido paisano y compañero de milicia” - y continúo- Claro que, los muertos también distinguen las clases sociales, ”irónico”, pues los más revoltosos parecen ser los del cementerio central; En tanto que, los de las iglesias y los de los cementerios a la entrada a Cúcuta es decir, los de los ricachones se mueven con elegancia y maestría. No se meten con nadie, solo salen a recorrer su tierra. El problema, son los muertos que no se llevaron jamás a un cementerio o los que se han podrido en las calles; Según cuentan: Ellos, te dejarán sordo con los estridentes gritos y lamentos. Ellos penan… todos los muertos, en Cúcuta penan.
Cóndor tenía nervios de acero. Se paraba inmóvil a contemplar el horizonte, dónde únicamente la Luz aciaga permitía contemplar tumbas y lapidas… - ¡Allí estábamos! ¡Entre los muertos, seguros de los vivos! Y yo, tenía mucho pánico y creí que esa era la causa de mis alucinaciones… Aunque cerrara con más fuerza los ojos, se me hacía inevitable volver a abrirlos y curiosear.
Entre los dedos semi abiertos de la mano que tapaba mis ojos, alcazaba a reconocer siluetas en la distancia… Un funeral, un ataúd negro, señoras vestidas de negro y con velas blancas rodeando el ataúd… Hombres de sombrero, sonrientes y departiendo frente a las tumbas… fumando… No, estos no eran zombis, ni muertos vivientes, ningún virus que erradicó a la humanidad. Eso se lo dejo las películas… Claramente eran espectros. Un segundo plano de la existencia –Y razoné-
La noche, dejó de ser noche para revivir con sus sombras el mundo de quienes soñaron y ayudaron a construir sueños… Entonces, Recordé que alguna vez fui creyente y recé algo parecido a un Padre Nuestro y un Avemaría. Y en mi mente se proyectó el recuerdo de abuelos, “la mama Toña Velandia, la mama Pacha Soto, los nonos Epifanio Villamizar y Cayetano Rueda. ¡Claro! Dije en voz alta.
El primo Dani estaba aquí, él fué el primero en morir entre los 43 primos. él gozaba de salud y juventud, era un deportista, sano, fuerte de tan sólo 16 años. De un momento a otro enfermó y se fué. mi tia materna resistió la crueldad de la vida y no se dejó derrumbar, la mejor lección me la dió con su ejemplo... la tia Isabel, hermana de mi madre, perfectamente podría haberse ahogado en la desesperación, Dani era una promesa, su hijo menor, sus ojos... pero ella, levantó la cara y abrazó la vida con la llegada de sus nietos.
Los restos de mis abuelos y mi primo se encontraban sepultados juntos en este mismo lugar.
Susurrando dije: ¡CONDOR acompáñeme!... Y nos movimos con sigilo, recordando el desplazamiento de la instrucción en la organización, para que no nos vieran los espectros.
A tan solo cinco metros frente al lugar donde nos encontrábamos la primera vez, se hallaban los sepulcros de mis familiares y como buen par de huevas, recorrimos hora y media el lugar para encontrarlos.
Una vez frente a ellos, no pude contener la lluvia de mi corazón. – ¡Me dieron por muerto CONDOR! –Grité - ¡Para ellos estoy muerto! y hubo silencio, un silencio que consolaba mi llanto, un silencio fúnebre... El mundo… mi mundo giró.
Lloré con desespero, cual chiquito extraviado. No podía perdonarme al no haberles dado cristiana sepultura a mis hermanos, ni a mis padres… en cambio, ellos sí, por lo menos simbólico para conmigo. únicamente habían grabado mi nombre Julio Cesar Villamizar Rueda, 12 de noviembre de 1979 – x-xx-2014.
La ira carcomía mis entrañas por no haber estado con ellos. Me lamentaba por no saber en dónde se hallarían sus restos para poder rendirles tributo como se lo merecían; entonces, con una piedra escribí sus nombres junto al mío y Luego de leer y releer mi epitafio que decía “hermano, soñador... te amaremos por siempre” Lloré, hasta cerrar los ojos y quedarme dormido sobre mi lecho.
A la mañana siguiente, CÓNDOR, por supuesto como era costumbre en él ya estaba despierto, y a la hora en que abrí mis ojos, me señaló el paquete al que solo le quedaba sólo un cartucho, ¡el del desayuno!
Después de agotar la última existencia, cruzamos la avenida para husmear en el terreno frente al cementerio donde según mi memoria, solía haber una huerta en la que probablemente hallaríamos lechugas, zanahorias o tomates. Habitualmente después de la visita al campo santo, mamá compraba estos a un precio más económico para llevarle a camada 8 conejos, 6 Curies y tres tortugas que teníamos como mascotas. pero en su lugar habían edificaciones en ruinas y abandonadas.
Definitivamente yo estaba delirando al creer que en esta época y con la soledad tan abrumadora, en este lugar iba a encontrar por lo menos pasto verde - ¡Que estúpido! - me dije desconsolado, CÓNDOR asintió la autoflagelación con el ceñir de su mirada burlona e irónica - Vámonos a casa – dije. Y retomamos nuestra marcha.