Quiero expresar mi agradecimiento por haber decidido leer mis escritos. La escritura es una tarea que requiere años de dedicación, paciencia, pasión y amor, y el mayor premio es que alguien se tome el tiempo de leer lo que has creado. Este es mi legado, mi forma de compartir con mis hijos, las generaciones futuras y mis amigos, lo que he aprendido y lo que he experimentado a lo largo de mi vida. Gracias por formar parte de este viaje conmigo.
Datos personales
- Carlos Moncada Teatrocucuta
- cucuta, Norte de Santander, Colombia
- ¡Hola a todos! Soy una persona que siempre ha estado relacionada con el mundo del arte, específicamente en el área escénica, la coreografía y las aulas de clases; Sin embargo, debido a razones personales y económicas, me alejé de las artes y me adentré en actividades comerciales, creando proyectos, empresas y aprendiendo de mis experiencias. Hoy en día, he redescubierto mi pasión por el arte y comprendo que aún tengo mucho por aprender y crecer en este ámbito. Este espacio es una oportunidad para compartir mi experiencia y motivar a otros a seguir persiguiendo sus sueños. ¡Los invito a ser parte de mi blog!
jueves, 25 de abril de 2019
El Bar
En el antro más recóndito y oscuro de la ciudad de los insectos, en la tierra del viento y del polvo; en la zona oscura prohibida para doctos y hombres decentes. Allí en el único lugar sin acento propio porque ellas simulan ser de otras regiones como máscara de su origen nato; donde se mezclan diferentes dialectos de colombiches y venecos. Él, se encontraba sentado frente a una barra, abrumado, triste, abstraído y Sólo.
Le rodeaban arrogantes colegas de vendimia quienes, hipnotizados con el ritmo de los reguetones, asentían unísonos con la cabeza en una danza acompasada con cada golpe del bajo.
Ellos atendían sin titubear a las manecillas del reloj y a él se le hacía difícil encontrar un verdadero propósito para las mismas; Las miraban detenidamente, a la vez que no pensaban en ellas. Las miraban, pero también las ignoraban deteniéndolas en su mente, en tanto embriagaban copas tras copas los débiles cuerpos con aquel exquisito néctar del alcohol contrabandeado, ese que era almacenado en otro antro cercano al lugar de expendio.
Ahí estaba él, desconociendo razones: ¿cómo?,¿cuándo? y el motivo por el que había llegado, pero ahí estaba, contemplando el mundo danzante en su alrededor. Y se rehusaba a fijar los ojos en las curvas semidesnudas de quienes sutilmente: ante su mirada, revoloteaban y giraban tanto como el suelo y la barra. Todo se resistía a quedarse quieto por un instante.
Fue después de levantar la cabeza y eructar atragantado que: presuroso corrió al baño para recordar lo que había desayunado esa mañana y peor aún, aquello que habría sido la cena la noche anterior.
Las luces del bar golpeaban en su cabeza y él se perdía entre las carcajadas de aquellos dragones mágicos y oportunistas quienes con familiaridad le palmoteaban la espalda sin decir un nombre, sin decir nada. Ellos estaban ahí como grandes amigos, riendo, departiendo embelesados por las curvas sutiles de las musas susurradoras, amantes compresivas tiernas y consoladoras, ¡Ellos estaban ahí! todos los que debían estar ¡Estaban! pero él no reconocía a ninguno.
En un rincón iluminado tenuemente con luz roja, sobre un sillón negro se hallaban sentadas: Todo un jardín de seductoras doncellas quienes permitían ver entre sus piernas algo más que la alegre lujuria por vivir. Desconsoladas, valientes, soñadoras estaban dispuestas a ofrecer a la cobarde virilidad masculina, regodeo y alivio a sus cuerpos cansados después de las pesadas y agotadoras jornadas cotidianas.
Ellas, Rosas perfumadas prometen sosiego, calor, caricias mimosas; Pactan con desconocidos para ser sus compañeras, ser sus amigas, ser sus amantes... y sus manos... y sus perlas... se curten de porquería... ¡amantes! Humilladas para recibir como recompensa a su sacrificio: ¡Golpes! ¡Ultraje! ¡Insultos! y besos desabridos cargados de inmundicia, vulgaridad y mal aliento... Enfermedades... Dolor y tormento”; por supuesto, también arribaban unos tantos príncipes inocentes, teóricamente decentes. Buenos hombres buscando cariño con el anhelo de avivar su soledad; Ellas se entregaban valientes, lo daban todo para terminar aferradas a sus sueños, con la esperanza vigente de mitigar las deudas y los problemas. Se entregaban convincentes y verdaderamente profesionales. Se entregaban ilusionadas en hacer uso adecuado del insuficiente dinero ganado una vez puesto el sol. Se entregaban tal vez enamoradas de un mejor porvenir, de sus hijos, de sus sueños… Y Ellos, ingenuos empavonaban sus pechos, recuperaban centímetros al caminar erguidos cada vez que salían de las habitaciones.
Él, ya no era dueño de su cuerpo, los ojos le vibraban, el pulso se hacía más agonizante y no discernía ¿por qué? de su estado, ni ¿cómo se había permitido llegar hasta allí? No aceptaba su condición al verse burlado, cada vez que ceñía el ojo y levantaba la mirada para examinar su reflejo en el espejo de la vitrina que exhibía botellas vacías frente la barra donde estaba sentado.
El barman satisfecho y para nada indiferente bebía con él y se servía otra copa, tras otra más “aprovechándose del desorden”. Claro, la cuenta iba a nombre de aquel delgado aparecido quien bebía únicamente de su botella, no aceptaba otro trago que no fuera de su botella; pero eso sí, pedía rondas para todos en tanto buscaba una buena razón para no morir... un motivo fuerte para seguir aferrado a la vida como la cucaracha quien, aunque pisoteada sigue moviendo enérgicamente sus patas.
Hubo instantes en los que al distanciar sus pensamientos de la realidad o al arrebatar el alma de su cuerpo. se confundía inmóvil con los objetos del entorno, al igual que una fotografía que cobraba vida justo cuando los fantasmas monstruosos de sus corazonadas, le saqueaban del pecho aquel vacío que daba motivos a un: No sé qué, pero que estaba presente.
No se entendía. No lo podría entender, menos aún explicar. Lo único verdaderamente presente y real se hallaba allí: “tratando de comprender y aceptarlo” y por más esfuerzos experimentados, no lo lograba. Desesperado apaciguaba la incertidumbre empuñando sus duras y ásperas manos.
Alto era el flaco y extraña su manera de vestir. Llevaba puestas unas botas texanas adornadas con una placa de metal dorado en la punta; portaba una guitarra terciada en la espalda, y vestía un pantalón negro. Tan ancho que parecía ser la falda dominguera de la abuela y un camibuso del mismo color del pantalón y con diseño cuello tortuga, este estaba decorado artesanalmente con manchas de tintes ácidos. Esa prenda le había declarado la guerra al melancólico y penetrante aroma del lugar quien anhelaba dejar su huella en él; No obstante, inútil para al traje oponer resistencia, puesto que la retaguardia era atacada y el camibuso sucumbía a los pies de aquellos químicos transpirados por el turbio cuerpo de quien lo vestía.
La pobre prenda de lana, estaba impregnada de malos olores aprendidos luego de acompañar varios días al hombre durante su odisea urbana. En los residuos de sudor se leía claramente que llevaba consigo el peso de una pena ineludible, merecida por haber nacido en un mundo atado a las contradicciones del destino. Nada podía hacer; estaba impedido, solo restaba serle indiferente al espacio y al tiempo.
El amplificador al fondo anunció con una de sus melodías el recuerdo de aquella historia persistente de la que huía su alma y aunque se le escondiera no podía escapar. Estetónicamente la harmonía lo transportaba a su barrio, a sus amigos de colegio, a los recuerdos de ella, y la melancolía agitaba su corazón. Y brillaba la música de los 90, aquella que él grababa en casetes mientras disfrutaba cantando a todo pulmón con la emisora de moda…
El amplificador le obligó besarle una vez más, le instigó a sonreír entretanto la remembranza inusitada le describía tertulias con sus amigos y sueños abandonados.
Luego de la sonrisa, recordó para explicar su entorno y qué diablos buscaba cuando caminó durante toda la noche para terminar en ese negro hueco de mala muerte, donde solo paseaban sin temor las cucarachas... las ratas... y quién sabe cuántos bichos más hechizados por la novedad en la ciudad de los insectos. Esa era la razón para considerarse así. “UN INSECTO” ausente de probidad.
Después de beber solitario y afanoso logró inmunidad a los efectos del licor. Su cuerpo ardiendo en fiebre dejó de temblar y la lengua, aunque hacía esfuerzos para interpretar los confusos sabores en su boca no lograba su propósito.
Los recuerdos en fiesta se auto proclamaban dueños de sus pensamientos; Él, procuraba huir de ellos doblando ligeramente el codo, en tanto pedía otra doble cumpliendo así con el mandato de aquella botella verde de Buchanas quien fielmente estuvo frente a él: mirándolo desde la barra toda la noche; Ella rogaba que él acabara con su existencia, rogaba que le exprimiera su sangre por completo, esperaba anhelaba perder su última gota de wiski absorbida por el insaciable vampiro.
No faltaba el buen samaritano que subviene a su bohemia noche; Aún más cuando era curioso encontrarse con un joven de tan buena apariencia, bebiendo de una marca para nada económica en un lugar como ese – Tiene platica- murmuraban los observadores con inquietud planeando sacar provecho a la situación.
Nadie le escuchó pronunciar palabra, excepto el barman cuando el chico pedía otra más para todos. Asqueado decidió humillar su cobardía, y retiró de su vista con la mano derecha el anhelado liquido escoses; Buscó aliento al motivar el deseo de purificar su sangre, corregir errores y regresar en busca de sus verdaderos amigos quienes de seguro no le permitirían caer más hondo. Ellos, mis amigos – pensó – estarían dispuestos a acompañarle para que volviera a encontrar el camino. Y así Avivó la esperanza de que tal vez, solo por esta vez, tal vez sí, ella correspondiera a su ruego; entonces pidió la cuenta y heterodoxo se alejó sonriente.
Dos minutos más tarde, en una esquina cualquiera de aquella ciudad de revendedores ambulantes, contrabandistas, masoquistas políticos, vendedores de votos. En la avenida séptima de aquella ciudad calurosa y pavimentos robados bañada con periódicos amarillitas. Dos minutos más tarde en una esquina cualquiera de la ciudad de emigrantes saqueada a motilones; donde los dialectos se mezclan para crear una nueva lengua, dos minutos más tarde: Una balacera dejaba cinco cuerpos inertes y el insecto... ¡afortunado insecto! Precisamente al momento en que el ambiente se tornó pesado, decidió regresar por donde vino. En tanto dormía tranquilo en la silla posterior de un taxi amarillo: Una bala perdida quebró una copa acabando a su paso con la existencia de la botella de Buchanas.
Carlos Moncada - Charlie Monquie.
¡Hola a todos!
Soy una persona que siempre ha estado relacionada con el mundo del arte, específicamente en el área escénica, la coreografía y las aulas de clases; Sin embargo, debido a razones personales y económicas, me alejé de las artes y me adentré en actividades comerciales, creando proyectos, empresas y aprendiendo de mis experiencias. Hoy en día, he redescubierto mi pasión por el arte y comprendo que aún tengo mucho por aprender y crecer en este ámbito. Este espacio es una oportunidad para compartir mi experiencia y motivar a otros a seguir persiguiendo sus sueños. ¡Los invito a ser parte de mi blog!
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