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cucuta, Norte de Santander, Colombia
¡Hola a todos! Soy una persona que siempre ha estado relacionada con el mundo del arte, específicamente en el área escénica, la coreografía y las aulas de clases; Sin embargo, debido a razones personales y económicas, me alejé de las artes y me adentré en actividades comerciales, creando proyectos, empresas y aprendiendo de mis experiencias. Hoy en día, he redescubierto mi pasión por el arte y comprendo que aún tengo mucho por aprender y crecer en este ámbito. Este espacio es una oportunidad para compartir mi experiencia y motivar a otros a seguir persiguiendo sus sueños. ¡Los invito a ser parte de mi blog!

jueves, 25 de abril de 2019

El Bar

En el antro más recóndito y oscuro de la ciudad de los insectos, en la tierra del viento y del polvo; en la zona oscura prohibida para doctos y hombres decentes. Allí en el único lugar sin acento propio porque ellas simulan ser de otras regiones como máscara de su origen nato; donde se mezclan diferentes dialectos de colombiches y venecos. Él, se encontraba sentado frente a una barra, abrumado, triste, abstraído y Sólo. Le rodeaban arrogantes colegas de vendimia quienes, hipnotizados con el ritmo de los reguetones, asentían unísonos con la cabeza en una danza acompasada con cada golpe del bajo. Ellos atendían sin titubear a las manecillas del reloj y a él se le hacía difícil encontrar un verdadero propósito para las mismas; Las miraban detenidamente, a la vez que no pensaban en ellas. Las miraban, pero también las ignoraban deteniéndolas en su mente, en tanto embriagaban copas tras copas los débiles cuerpos con aquel exquisito néctar del alcohol contrabandeado, ese que era almacenado en otro antro cercano al lugar de expendio. Ahí estaba él, desconociendo razones: ¿cómo?,¿cuándo? y el motivo por el que había llegado, pero ahí estaba, contemplando el mundo danzante en su alrededor. Y se rehusaba a fijar los ojos en las curvas semidesnudas de quienes sutilmente: ante su mirada, revoloteaban y giraban tanto como el suelo y la barra. Todo se resistía a quedarse quieto por un instante. Fue después de levantar la cabeza y eructar atragantado que: presuroso corrió al baño para recordar lo que había desayunado esa mañana y peor aún, aquello que habría sido la cena la noche anterior. Las luces del bar golpeaban en su cabeza y él se perdía entre las carcajadas de aquellos dragones mágicos y oportunistas quienes con familiaridad le palmoteaban la espalda sin decir un nombre, sin decir nada. Ellos estaban ahí como grandes amigos, riendo, departiendo embelesados por las curvas sutiles de las musas susurradoras, amantes compresivas tiernas y consoladoras, ¡Ellos estaban ahí! todos los que debían estar ¡Estaban! pero él no reconocía a ninguno. En un rincón iluminado tenuemente con luz roja, sobre un sillón negro se hallaban sentadas: Todo un jardín de seductoras doncellas quienes permitían ver entre sus piernas algo más que la alegre lujuria por vivir. Desconsoladas, valientes, soñadoras estaban dispuestas a ofrecer a la cobarde virilidad masculina, regodeo y alivio a sus cuerpos cansados después de las pesadas y agotadoras jornadas cotidianas. Ellas, Rosas perfumadas prometen sosiego, calor, caricias mimosas; Pactan con desconocidos para ser sus compañeras, ser sus amigas, ser sus amantes... y sus manos... y sus perlas... se curten de porquería... ¡amantes! Humilladas para recibir como recompensa a su sacrificio: ¡Golpes! ¡Ultraje! ¡Insultos! y besos desabridos cargados de inmundicia, vulgaridad y mal aliento... Enfermedades... Dolor y tormento”; por supuesto, también arribaban unos tantos príncipes inocentes, teóricamente decentes. Buenos hombres buscando cariño con el anhelo de avivar su soledad; Ellas se entregaban valientes, lo daban todo para terminar aferradas a sus sueños, con la esperanza vigente de mitigar las deudas y los problemas. Se entregaban convincentes y verdaderamente profesionales. Se entregaban ilusionadas en hacer uso adecuado del insuficiente dinero ganado una vez puesto el sol. Se entregaban tal vez enamoradas de un mejor porvenir, de sus hijos, de sus sueños… Y Ellos, ingenuos empavonaban sus pechos, recuperaban centímetros al caminar erguidos cada vez que salían de las habitaciones. Él, ya no era dueño de su cuerpo, los ojos le vibraban, el pulso se hacía más agonizante y no discernía ¿por qué? de su estado, ni ¿cómo se había permitido llegar hasta allí? No aceptaba su condición al verse burlado, cada vez que ceñía el ojo y levantaba la mirada para examinar su reflejo en el espejo de la vitrina que exhibía botellas vacías frente la barra donde estaba sentado. El barman satisfecho y para nada indiferente bebía con él y se servía otra copa, tras otra más “aprovechándose del desorden”. Claro, la cuenta iba a nombre de aquel delgado aparecido quien bebía únicamente de su botella, no aceptaba otro trago que no fuera de su botella; pero eso sí, pedía rondas para todos en tanto buscaba una buena razón para no morir... un motivo fuerte para seguir aferrado a la vida como la cucaracha quien, aunque pisoteada sigue moviendo enérgicamente sus patas. Hubo instantes en los que al distanciar sus pensamientos de la realidad o al arrebatar el alma de su cuerpo. se confundía inmóvil con los objetos del entorno, al igual que una fotografía que cobraba vida justo cuando los fantasmas monstruosos de sus corazonadas, le saqueaban del pecho aquel vacío que daba motivos a un: No sé qué, pero que estaba presente. No se entendía. No lo podría entender, menos aún explicar. Lo único verdaderamente presente y real se hallaba allí: “tratando de comprender y aceptarlo” y por más esfuerzos experimentados, no lo lograba. Desesperado apaciguaba la incertidumbre empuñando sus duras y ásperas manos. Alto era el flaco y extraña su manera de vestir. Llevaba puestas unas botas texanas adornadas con una placa de metal dorado en la punta; portaba una guitarra terciada en la espalda, y vestía un pantalón negro. Tan ancho que parecía ser la falda dominguera de la abuela y un camibuso del mismo color del pantalón y con diseño cuello tortuga, este estaba decorado artesanalmente con manchas de tintes ácidos. Esa prenda le había declarado la guerra al melancólico y penetrante aroma del lugar quien anhelaba dejar su huella en él; No obstante, inútil para al traje oponer resistencia, puesto que la retaguardia era atacada y el camibuso sucumbía a los pies de aquellos químicos transpirados por el turbio cuerpo de quien lo vestía. La pobre prenda de lana, estaba impregnada de malos olores aprendidos luego de acompañar varios días al hombre durante su odisea urbana. En los residuos de sudor se leía claramente que llevaba consigo el peso de una pena ineludible, merecida por haber nacido en un mundo atado a las contradicciones del destino. Nada podía hacer; estaba impedido, solo restaba serle indiferente al espacio y al tiempo. El amplificador al fondo anunció con una de sus melodías el recuerdo de aquella historia persistente de la que huía su alma y aunque se le escondiera no podía escapar. Estetónicamente la harmonía lo transportaba a su barrio, a sus amigos de colegio, a los recuerdos de ella, y la melancolía agitaba su corazón. Y brillaba la música de los 90, aquella que él grababa en casetes mientras disfrutaba cantando a todo pulmón con la emisora de moda… El amplificador le obligó besarle una vez más, le instigó a sonreír entretanto la remembranza inusitada le describía tertulias con sus amigos y sueños abandonados. Luego de la sonrisa, recordó para explicar su entorno y qué diablos buscaba cuando caminó durante toda la noche para terminar en ese negro hueco de mala muerte, donde solo paseaban sin temor las cucarachas... las ratas... y quién sabe cuántos bichos más hechizados por la novedad en la ciudad de los insectos. Esa era la razón para considerarse así. “UN INSECTO” ausente de probidad. Después de beber solitario y afanoso logró inmunidad a los efectos del licor. Su cuerpo ardiendo en fiebre dejó de temblar y la lengua, aunque hacía esfuerzos para interpretar los confusos sabores en su boca no lograba su propósito. Los recuerdos en fiesta se auto proclamaban dueños de sus pensamientos; Él, procuraba huir de ellos doblando ligeramente el codo, en tanto pedía otra doble cumpliendo así con el mandato de aquella botella verde de Buchanas quien fielmente estuvo frente a él: mirándolo desde la barra toda la noche; Ella rogaba que él acabara con su existencia, rogaba que le exprimiera su sangre por completo, esperaba anhelaba perder su última gota de wiski absorbida por el insaciable vampiro. No faltaba el buen samaritano que subviene a su bohemia noche; Aún más cuando era curioso encontrarse con un joven de tan buena apariencia, bebiendo de una marca para nada económica en un lugar como ese – Tiene platica- murmuraban los observadores con inquietud planeando sacar provecho a la situación. Nadie le escuchó pronunciar palabra, excepto el barman cuando el chico pedía otra más para todos. Asqueado decidió humillar su cobardía, y retiró de su vista con la mano derecha el anhelado liquido escoses; Buscó aliento al motivar el deseo de purificar su sangre, corregir errores y regresar en busca de sus verdaderos amigos quienes de seguro no le permitirían caer más hondo. Ellos, mis amigos – pensó – estarían dispuestos a acompañarle para que volviera a encontrar el camino. Y así Avivó la esperanza de que tal vez, solo por esta vez, tal vez sí, ella correspondiera a su ruego; entonces pidió la cuenta y heterodoxo se alejó sonriente. Dos minutos más tarde, en una esquina cualquiera de aquella ciudad de revendedores ambulantes, contrabandistas, masoquistas políticos, vendedores de votos. En la avenida séptima de aquella ciudad calurosa y pavimentos robados bañada con periódicos amarillitas. Dos minutos más tarde en una esquina cualquiera de la ciudad de emigrantes saqueada a motilones; donde los dialectos se mezclan para crear una nueva lengua, dos minutos más tarde: Una balacera dejaba cinco cuerpos inertes y el insecto... ¡afortunado insecto! Precisamente al momento en que el ambiente se tornó pesado, decidió regresar por donde vino. En tanto dormía tranquilo en la silla posterior de un taxi amarillo: Una bala perdida quebró una copa acabando a su paso con la existencia de la botella de Buchanas. Carlos Moncada - Charlie Monquie.

viernes, 5 de abril de 2019

LOS ANILLOS

El golpe de un bajo le motiva empuñar la muñeca y el acorde de una guitarra le excita el corazón. Infructuosamente pretendía cantar aquella melodía que en algún momento de su vida disfrutó y que ansiosamente abrazaba su alma. Él No se hallaba, pero sí recordaba. Tararear era la única conversación: taciturno fingía estar sólo con una sutil y melancólica sonrisa engendrada al mirar la copa aun llena sobre la mesa y de él se percibía una soledad infinita; había alcanzado un nirvana, se hallaba extasiado, abstraído… ido. Su padre y otros más en cierta ocasión replicaban: Todo tiempo pasado fue mejor. Él sabía la certeza de tal afirmación más no consentía la intensión con la que frecuentemente era citada. Entonces el flaco díscolo emergía; Y se armaba con vagos argumentos al hacerle eco las ideas y los recuerdos en sus neuronas. Firme debía defender sus libertades y derechos: subirle volumen al estéreo, romper los pantalones, dejar crecer el cabello, perforar las orejas y cambiar el dialecto a gusto de sus parceros - ¡Que oso no pertenecer a un parche ni estar a la moda! - los codos reposaban en la mesa, en cuanto recordaba descargó la frente en sus puños y sonrió. Degustó nuevamente el delicado y dulce vino tinto, mientras su mirada se perdía en la nada; quizá en su mente no había espacio para el tiempo... solo para silencio, aunque el mundo exterior estallara en el más irritante bullicio. “Su silencio inquietaba”. De nuevo sonríe al recordar el inocente y equivoco anhelo de todo mancebo en la apoca de colegio, cuando aparecía la cuota inicial del bigote: No bastaba el respeto del bravucón o serlo; debía buscar pareja y competir por el trono de la popularidad. Si conseguía ello, ineludiblemente le consideraban el rey de la virilidad, aun cuando el sexo pasara escasamente a diez cuadras de su casa y no le conociera sino hasta el cuarto semestre de universidad. Repentinamente brotó de su alma un pequeño manantial que recorrió lánguidamente las mejillas, provocando una reacción similar en los rostros circundantes. Y el tiempo pareció detenerse al contemplar aquella primera gota que danzó alegre con el viento hasta detenerse en el suelo. Como fotografías, los recuerdos despertaron uno tras otro sin cesar: los paseos, las fiestas, las bromas en clase, las reuniones, los grupos, el teatro, los disgustos, las borracheras, los diciembre, los cumpleaños, las caminatas por que no había para el pasaje y quería celebrar con los suyos, las calamidades, las embarradas, las alegrías y por supuesto los amores... “Amor, amada mía”- amados míos. La lluvia transmutó en una tempestad extraña por su silencio y los músculos faciales fueron contraídos por fuerzas más poderosas que la voluntad. Sus labios besaron otra vez la copa... Y una profunda inhalación le ayuda a calmar la angustia; pero el sonido aumenta como llamado a reforzar lo que parece ser nostalgia. Tan poco tiempo ha pasado desde que soñaba con ser grande y vivía... disfrutó cada segundo de su primera juventud. Amor, amada mía ayer soñé contigo, amados míos, ayer soñé con ustedes. Hoy lamento la ausencia de quienes me ayudaron a soñar. – Llueve con deseo de purificar los sentidos y ahogar las llamas que queman el alma. Él empieza a tomar conciencia de su entorno: las mesas, los músicos, las velas e invitados que le contemplan contagiados por aquel mágico y colorido momento en el que levanta la cara y desliza su mano para acariciar el vientre a la causa de su felicidad. Y sonríe a quien tendrá sus propios sueños. Sueños en los que seguro participará. Se oyó un profundo silencio para ser interrumpido abruptamente con las palabras más ansiadas de la noche... temor, ansiedad, esperanza y felicidad convergían en un cóctel que nadie podía ocultar - Cásate conmigo dijo - Y ella temblorosa sonrió, con los ojos brillantes y un tenue abrazo asintió a la vez que un fuerte temporal entre lagrimas y aplausos se apoderaban del salón. FIN Carlos Moncada

jueves, 4 de abril de 2019

El Cuadro

No creo que sea el único escritor que se haya visto perturbado por la idea de contar una historia que perdure en el tiempo. La pasión fue la principal razón por la que me aventuré en lugares desconocidos, desde oscuros pasillos y salones tenebrosos hasta pensamientos sombríos y laberintos descomunales que aprisionaron mi alma. Actualmente, me encuentro plasmando los hechos desde el otro extremo de la realidad, con la esperanza de que alguien como Usted se dé cuenta de la existencia de este texto y me libere algún día. No es una coincidencia que estés leyendo esto; sigue adelante, ¡pero ten cuidado! Es posible que intercambiemos lugares, o tal vez te unas a mí en este universo desolado donde solo se puede contemplar en silencio los ojos de aquellos quienes nos observan leyendo al otro, esta vez... Usted. "Es bueno que sonrías", pero seguir adelante con la lectura tendrá sus consecuencias. Una tarde, mientras buscaba inspiración en la biblioteca del establecimiento, me propuse encontrar una historia vibrante y auténtica para relatar. En aquel entonces, el ambiente estaba cargado de una mezcla de nerviosismo y expectación por los resultados del festival de poesía y cuentos, el cual había acaparado la atención de los amantes de la palabra. Recuerdo claramente cómo el silencio de la biblioteca contrastaba con la agitación de mis pensamientos, mientras anhelaba encontrar esa chispa de creatividad que me permitiría dar vida a mi relato. La espera se volvía desconcertante en cierto punto, al descubrir que los participantes se habían inscrito más por el premio que por el verdadero interés en contar sus historias; Al mismo tiempo, mi alma se llenaba de aliento y esperanza indudable. Los premios del concurso motivaron a la mayoria de los participantes a escribir historias improvisadas y compartirlas con otros, pero la creatividad parecía desbordarse sin control, regándose gota a gota en un torrente interminable sin que nadie se atreviera a almacenarla. Esta parecia una oportunidad perfecta para convertirse en un verdadero ladrón de ideas, considerando que la gran mayoria de ellas eran ideas que nacian en talleres de creatividad y alguna me podía valer quizá un premio local; por barata que saliera la cuestión sin importar la calidad de la obra. Aún después de ver al señor de la luz morir y resucitar victorioso en lo alto del firmamento una y otra vez, la ansiedad no cedía, y la insatisfacción persistía. Decidí no pensar más en ello; después de todo, soy un aficionado sin estudios concluidos y sin amigos eruditos que pudieran orientar mis pasos hacia el mundo de las letras. Pero eso no me detiene, solo me queda el recurso de leer y soñar, y hacerme la idea de que alguna de las tantas historias que alimentan mi imaginación pueda ser mía o escrita por otro, pero con la misma pasión y fuerza que la mía. "Pero es mía", tal como esta puede ser suya mientras usted se convierte en yo al leerla, y el siguiente lector se convierte en usted al leerla después de usted. Es así como el lector y el escritor se funden en una sola entidad, y en esa unión, ambos quedamos aprisionados en el papel. Ese día en la biblioteca me encontraba absorto en profunda filosofia; Analizaba minuciosamente cada situación, cada minuto, cada suspiro, cada aventura, cada historia y al finalizar el día me desperté de mi ignorancia con una resma de hojas inservibles, nada convincentes y nada realmente favorable. En la galería... Aquel lunes a eso del medio día me detuve en la galería de arte para admirar las pinturas en exposición; El hecho instigó agregarle a mis emociones una sensación sana de envidia codiciando inmaduramente “ser yo, el creador de tan magnificas obras”. Estaba consciente que en ello era un fanático frustrado como también lo había sido en diferentes campos del arte, la ciencia hasta en la política -¡Por dios he querido ser todo y soy nadie!. Lo anterior poco importó al compararse con lo vivido en aquel lugar; poco afectó ante lo que es mi vida en este momento. Poco vale con relación a lo que será su vida después de leer este cuento. Los visitantes se desplazaban con un silencio ensordecedor por los corredores blancos del lugar, solo se oía el saludo cordial del taconeo de los pasos y los lamentos del piso: al sentir las suelas acariciar su extensa piel dura de mármol blanco. Sonidos que al ser mezclados a los traídos por el viento desde el exterior, más el susurro de los presentes: ofrecían un interminable concierto natural tan regio como los prometidos por los recientes intérpretes de la música electrónica... mágicamente enervante. Algunos cuerpos se momificaban por varios minutos frente a las diferentes creaciones artísticas y en otros casos, el extremo de la contemplación era tan alto y solo volvían a la realidad cuando se daban cuenta que se les había hecho tarde y no era a eso a lo que venían; cuando una voz les desprendía de su mudez y les sacaba de aquel mundo inusitado en el que se hallaban sumergidos, atrapados por la seducción de las obras. La verdad era un placer detenerse y contemplarlas de pie durante horas. El lamento de Eva, la pena de adán, la flor, ella, solitarios, estos son algunos de los nombres que recuerdo de las mismas. Era un maravilloso festín de creatividad, pero: Al fondo del salón sucedía algo realmente curioso. Al final del pasillo donde la luz se desvanecía, se hallaba envuelta a la sombra una pintura aislada que nadie se animaba a contemplar. Me acerque analizando detalladamente el derredor por si de pronto tropezaba con algún aviso de prohibido acercarse o algo por el estilo. Inspeccioné con suma cautela antes de acercarme allí y... ¡No!, “No había nada”, Solo el cuadro en el rincón bañado con una luz aciaga – Eeeh, Discúlpeme señora - Una mujer mayor vestida de azul, con un sombrero de ala ancha y una pluma roja en la parte superior del mismo, llevaba una cartera del mismo color del vestido sujetada con fuerza por su mano derecha y en la izquierda delicadamente un pañuelo blanco con el que había limpiado sus lágrimas durante el recorrido por la galería. Ella, dió media vuelta clavando su mirada inocente en la mía y sonriendo contestó: ¿Señor? - le pregunté si había apreciado la obra del rincón, ella se inclinó levemente y miró el lugar replicándome: - la verdad no me había fijado, pero otro día regreso. Ya no tengo tiempo- y se alejó. Lo mismo hice con el hombre de gabán negro, con la colegiala que miraba coquetamente al guía, la señora con el niño en sus brazos, al portero, la chica de gafas, cabello suelto y camisa artesanal, la que con su sola presencia simulaba algo de conocimiento en la materia, pero con todos fue en vano mi interpelación. Nadie se había detallado en la pintura; además, tampoco le prestaban atención y evadían mi invitación con la misma respuesta, - quizá luego- daban media vuelta ¡y adiós! Intenté mostrarla a quienes acaban de llegar como si yo fuera el autor de la misma: y algo siempre lo impedía; la excusa perfecta conducía de la mano a otro lado del salón a quienes se mostraban interesados en mi observación. Parece una costumbre que todos conocen, pero nadie comenta - Excepto yo – podría ser que los críticos acostumbran a no acercarse a las obras de los rincones por un agüero parecido al de pasar por debajo de una escalera, que un gato negro se atraviese al paso o algo por el estilo; Bueno, yo no era crítico de arte y tampoco les temía a los agüeros, no me iba a marchar para la casa sin saber nada del misterioso cuadro del rincón. Ahora, me siento cual cazador al asecho del animal quien aún no ha sido visto, pero que movió las ramas del arbusto ubicado exactamente donde apunta la escopeta sin advertir que él se convertiría en la presa, tal como está usted en este momento. Me acerqué con cierto temor para contemplarle. No había nadie más que nosotros dos en ese pequeño lugar quien de repente me parecía inmenso. Saboreaba la curiosidad a cada palpitar de mi corazón y por primera vez sentí que le habían puesto allí solo para ser apreciado por mis ojos. Era un cuadro como cualquier otro de los que se encuentra en las salas de los filántropos artistas y coleccionistas de la nueva era. Se podía apreciar sobre la superficie, en el juego de figuras y colores: un cóctel de rostros dentro de otros rostros y más rostros... Rostros que parecían estar mirándote a los ojos y que querían contar sus historias: dictaminaban ser libres. Me miraban directo al alma, con una invitación seria para estar… para ir y no regresar. Eran múltiples rostros de niños, adultos, ancianos, mujeres y hombres de todas las razas y culturas, con toda clase de emociones. Habían creado en él, un mundo vivo de esperanza más un común anhelo de libertad. Al permitirles guiarme sin resistencia por su hechizo, me desprendí de la razón y fusioné mis emociones a su existencia; En él encontré que sí era diferente a cualquier pintura, ¡tenia vida!, Quizá era más antiguo que la vida misma y estaba ahí para recordarle a quien se atrevía atisbarle “que el alma es inmortal y se puede apresar” de muchos modos con una sola salida - ser quien corresponde ser al cumplir con el destino - Parecía un cuadro pintado por la misma mano de Dios. Cerré mis ojos porque me sentí mareado, mi cuerpo entero temblaba mientras algo se desprendía dolorosamente de mis entrañas. No podía respirar y el pánico consintió mis sentidos. Me alejé con fuerza de un tirón hacia atrás para escapar y me sentí incompleto. al abrir nuevamente los ojos vi un hombre que me miraba con la misma intensidad e intriga con la que yo miraba un cuadro con rostros pintados en él, con la misma sugestión con la que yo leía un cuento como este un día como hoy - No era yo, pero vestía igual que yo- reconocí en él sujeto a alguien familiar. Se alejó y yo apenas nacía. Por el contrario, a lo que puedas estar pensando, mi alma no quedó atrapada “se liberó”; Aun así, parte de mí pertenece al cuadro tal como parte de ti pertenece a este cuento. Fin.